Juventud y Matrimonio

Dice: “Fue para mí gran suerte tener una madre que me vigilaba mucho. De lo contrario, creo, me hubiera perdido”. Teresa crece en edad y despejo. Es ya una mujercita. Influye en sus amigas para hacerles bien. Pero siente en su ser los incentivos propios de su edad. No le faltan pretendientes que se valgan de estratagemas para ser sus preferidos. Ella se lo cuenta todo a su madre, que siempre fue consciente y responsable del deber de formarla siguiendo esta acertada línea pedagógica: ser viuda irreprensible, inmunizar y defender a sus hijos contra la peste de los errores e inmoralidades de su tiempo y ambiente, enseñar a sus hijos catecismo y evangelio, haciendo de su humilde hogar un centro de fe y alegría, de apertura, comunicación y convivencia.

Apunta un falso y peligroso pretendiente. Teresa se lo descubre inmediatamente a su madre, con estas palabras textuales sacadas de su autobiografía: “Un día expliqué, sencillamente, a mi madre lo que con aquel joven me ocurría, diciéndole la buena voluntad que me tenía, y la que yo en él había puesto. Y que él me decía que, si mi madre no daba permiso – entiéndase para relacionarnos y casarnos -, me robaría…¡Madre! ¿Cómo haría para robarme? ¡Yo no os quiero dejar nunca!”

La reacción de Teresa es digna de una mujer con carácter: “por nada del mundo quiero disgustar a mi madre. Y puesto que ella no gusta de nuestro trato me veo obligada a evitar toda relación”. Teresa aparece aquí como modélica para la juventud femenina de hoy que contrasta en su proceder de forma diametralmente opuesta. Teresa luminosa y honesta, filial y abierta. Otras jóvenes de hoy son tinieblas y procacidad, desamor e introversión. La actitud decidida de su madre lejos de ser arbitraria tenía su fundamento. Sabía, a ciencia cierta, que era tuberculoso, con todo lo que comportase de contagios y demás, relacionado con una genética futura. Intuía, asimismo, que los afectados por tal enfermedad solían tender a lo libidinoso.

Teresa se conocía bien y no se fiaba de sí misma. Admira y edifica su sinceridad cuando dice: “Gracias a Dios he podido llegar, después de tantos peligros, al estado de matrimonio sin recibir daño alguno. Y no es que dejara de tener propensiones malas. Era atrevida por carácter. Tenía una imaginación muy viva. De modo que, si me hubiese dado por seguir sendas torcidas, hubiese ocasionado mucho daño”.

Edifica la siguiente oración de súplica cuando, indecisa, no sabe que partido tomar al ofrecérsele la oportunidad de desposarse con Manuel Benito Codalosa, albañil de oficio, apacible y formal durante el noviazgo, resultando ser de genio insoportable una vez constituida la nueva familia: “¡Dios mío! Por tu pasión dame a conocer lo que quieres de mí. Yo no quiero hacer si no tu voluntad. Dame a conocer en que estado me quieres”. Y oyendo su interior – dice ella – una voz que me dijera: “Haz la voluntad de tus superiores”, dijo a su madre:” Ya puede dar usted la palabra de casamiento, pues yo no tendría valor para hacerlo. Para el caso es como si yo misma lo hiciera”. Su problemática inquientante radicaba en esto: “Ya nunca más seré doncella. Esto – confiesa transida de dolor – me destroza el corazón”.